Reporte Católico Laico



Donde no hay amor, pon amor y encontrarás amor

Donde no hay amor, pon amor y encontrarás amor

Si mi memoria no me engaña, cosa que puede suceder por mi edad,  estas palabras de San Juan de la Cruz, dan pie para unas breves reflexiones que quisiera compartir con los lectores de RCL.
Ya estoy en Roma. La Providencia me ha regalado estar en el comienzo solemne del Pontificado del Papa Francisco. Mi viaje es para atender sacerdotalmente a un grupo de jóvenes, hombres y mujeres, en la ya tradicional convivencia del UNIV, que prepara desde 1967 la Prelatura del Opus Dei. Recuerdo sus comienzos. Vivía con San Josemaría Escribá en la sede central de la Obra en Viale Bruno Buozzi. El afán de halas hizo que propulsara un encuentro con jóvenes de todo el mundo. Las razones: viere Petrum, ver al Papa, mostrar a los jóvenes  la catolicidad de la Iglesia y encender los corazones.

Pero al comenzar este viaje, hacia las doce del mediodía del domingo 17, pasé por una dolorosa experiencia, al igual que el resto de personas que viajamos por el aeropuerto de Maiquetía.

Los controles de seguridad quizá son necesarios. No tengo nada que reclamar. Pero me sorprendió la actitud de quienes lo hacían. Unos soldados que debían tener entre 18 y 20 años. No más.
La primera revisión se realizó antes de entrar a los puestos de Iberia para recibir la confirmación del boleto. Vi odio en sus caras. Sacaban todo de cada maleta con desamor, con una mirada de envidia. Preguntaban cosas absurdas o que, al menos, no les incumbían. A un amigo arquitecto, por ejemplo, se le encaró el soldadito. ¿Para dónde va? Para España. ¿Hasta cuándo? Hasta el viernes. Y, ¿por qué tan poco tiempo? Debo dar unas conferencias, le contestó. ¿Y cómo lo paga? Con mi trabajo. Soy profesor universitario.
Ya entrando al avión un señor de setenta años, con cuatro infartos, tres stems, tres by- pass y una válvula mitral injertada, el soldadito de turno lo miró con unos ojos que denotaban envidia y gritaban molestia.

El pobre hombre apenas caminaba. Le dolían las piernas. Me tocó el turno.  Cuando me revisó le di la Bendición para él y para toda su familia. Me lo agradeció, gracias a Dios.
Todo esto lo converso con el Señor en la oración. Hay que reconstruir la fraternidad en nuestro país. Eso no somos los venezolanos. Siempre hemos sido reconocidos por nuestra alegría y por nuestra fraternidad.

Voy a Roma a pedir a Dios que trabajemos todos con denuedo para matar ese odio que se ha sembrado. Para que nos queramos de verdad como lo ha pedido el Papa Francisco. Bien vale la pena recuperar para nuestra sociedad lo que nos ha caracterizado siempre.

Por eso, vamos a proponernos: donde no hay amor, pon amor y encontrarás amor. Los venezolanos somos de corazón grande. Pidamos mucho a la Virgen y a San José que nos devuelvan ese tesoro. El querernos con todo el Corazón de Cristo.-

P. Eduardo Acosta Sanabria

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