Se está estudiando una solución para garantizar que vuelva a la Custodia de la Tierra Santa el sitio en el que según una antiquísima tradición se llevó a cabo la Última Cena.
«El Cenáculo, para nosotros, sigue siendo un punto crucial para el acuerdo con el Estado de Israel». Fuentes autorizadas de la Secretaría de Estado confirmaron de esta manera a Vatican Insider que el destino del lugar en el que, según una antiquísima tradición, se llevó a cabo la Última Cena sigue siendo uno de los puntos clave e irrenunciables de la negociación. Aunque no hay que excluir que la solución final sea la que se ha ido manemos años.
San Epifanio, que murió en 403 después de haber vivido en Jerusalén, describió que en la Ciudad Santa, tras la destrucción que llevó a cabo Tito en el año 70, una de las pocas construcciones que no fueron demolidas era «la pequeña Iglesia, eregida en el lugar en donde los apóstoles esperaron el Pentecostés».
También la peregrina Egeria, autora del diario de viajes a los lugares santos más antiguo, describe las liturgias que se celebraban en la «Iglesia sobre el Monte Sion», en recuerdo de las apariciones de Cristo y del Pentecostés. En ese lugar también se veneraría el recuerdo del Rey David.
Los persas destruyeron la Iglesia en 614; fue restaurada pero los musulmanes la volvieron a destruir posteriormente. Cuando llegaron, los cruzados encontraron en pie solamente la capilla del Cenáculo y allí construyeron una gran basílica, incluyendo la “sala superior”. En 1333, los franciscanos restauraron la construcción y erigieron al lado un pequeño convento; desde entonces, el superior franciscano asumió el título de “Guardián del Monte Sion”. Los otomanos se apoderaron del Cenáculo en 1524 y después fue convertido en mezquita, por lo que los cristianos tenían prohibida la entrada hasta hace poco más de un siglo. La propiedad del Cenáculo y del convento estaba en manos de una familia musulmana.
En 1948, con la creación del Estado de Israel, el área fue confiscada y se convirtió en propiedad del nuevo Estado. Desde entonces, las autoridades israelíes permiten la visita de los peregrinos, pero el “status quo” que regula las particularidades de las actividades de las diferentes confesiones cristianas prohibe las celebraciones litúrgicas. A partir de 1948 se desarrolló el culto de la tumba del Rey David: hasta 1967, el convento del Cenáculo era uno de los lugares más cercanos al Muro del Templo, que se encontraba en la parte jordana de Jerusalén. Así, durante décadas, los peregrinos israelíes, después de haber visitado la Tumba del Rey David, subían a la terraza del convento para poder ver el Muro del Templo.
Hay que recordar que el culto de la Tumba del Rey David se originó muchos siglos antes de que fuera creado el Estado de Israel. En particular, fueron los cruzados y los frailes que los acompañaban los que acreditaron esta tradición, según la exégesis literal de un pasaje de las Actas de los Apóstoles (2, 29), en el que Pedro, después de la Pentecostés, afirmó que el sepulcro de David «todavía existe entre nosotros».
Como ese discurso fue pronunciado en el Cenáculo, se pensaba que ese “entre nosotros” significaba literalmente “aquí”. Pero Pedro seguramente pretendía decir “aquí en Jerusalén”. De hecho, no hay que olvidar que el monarca hebreo, según lo que indica el Primer Libro de los Reyes (2, 10), «murió y fue sepultado con sus padres en la ciudad de David». Esa ciudad podría encontrarse en la colina que hoy se conoce con el nombre de Ofel, frente al Monte Sion, aunque también podría tratarse de Belén, en donde la tradición musulmana recuerda una Tumba de David que fue venerada hasta el siglo XIV.
Según lo que ha ido surgiendo con el tiempo, la solución que estaban afinando la delegación vaticana y la delegación israelí establecía que la posesión de la Sala del Cenáculo, de las dos salitas de al lado y de la escalera de acceso quedara en manos de la Custodia de la Tierra Santa.
El Estado israelí habría mantenido la propiedad del convento, construido por los franciscanos, y del área de la Tumba del Rey David, que se encuentra al lado del Cenáculo y que ha sufrido actos de vandalismo en los últimos tiempos: alguien trató de quitar los mosaicos otomanos de la pared que separa el vestíbulo del cenotafio.
Sin embargo, esta podría no ser la solución final, después de años de negociaciones, aunque, explican en el Vaticano, «la solución del problema del Cenáculo debe ser aceptable». Hay mucho optimismo sobre las negociaciones, aunque nadie se arriesga a indicar con certeza cuándo podrían concluir.
ANDREA TORNIELLI
CIUDAD DEL VATICANO
VaticanInsider.it







