BRAVO, BENEDICTO!
Si la agonía de Juan Pablo II fue un ejemplo de compromiso y humildad, no lo es menos el paso que acaba de dar Benedicto XVI. Para los católicos resulta un testimonio de fe en Dios y, por ende, de respeto por la trascendente misión que le había sido encomendada; un acto de verdad y libertad por la sincera confesión de los propios límites, prácticamente sin precedentes en la historia de la Iglesia; un ejemplo a admirar para todos los que creen que el poder no es un fin en sí mismo y a meditar para quienes piensan o actúan en contrario.
El Santo Padre ha subrayado, además, algo sobre lo que el mundo debe reflexionar: reconocer la finitud solicitar el perdón, si hubo errores, es lo que fortalece la gestión de las instituciones. Con esta resolución Benedicto XVI despeja e ilumina el camino.
Este Papa ha demostrado que en poco tiempo se pueden tomar extraordinarias decisiones. Ha sido firme en la proclamación de la fe. Ha sido certero en la defensa de la tradición. Ha sido justo en el rescate de la cercanía servicial del testimonio que debe caracterizar al ministerio sacerdotal, siendo severo con sus extravíos inadmisibles, en particular con los más débiles. Lo más significativo de su magisterio: recentró en Cristo a la Iglesia y ratificó, novedosa y valientemente, la compatibilidad entre la fe y la razón. En ese ámbito ha lanzado de lleno a la Iglesia a la compleja y competitiva era de las comunicaciones, cerrando así, de paso, la brecha que arrastraba la institución.
No todo ni suficientemente lo ha podido encarar, ante los trayectos procelosos externos o internos, pero queda, en este Año de la Fe al que convocó– y quedará más aún con el tiempo – como un testigo excepcional de que la última palabra le corresponde al amor, a la verdad y la paz, y no a sus enemigos, el odio, la mentira y la violencia.
Llegó autodefiniéndose, en efecto, como el “humilde trabajador de la viña del Señor”, lo que le valió el apodo de “el barrendero de Dios”. Con su frase ‘He de reconocer mi incapacidad para ejercer el ministerio encomendado’, despeja cualquier duda respecto de su absoluta sinceridad cuando asumió el rol de sucesor de San Pedro.
Protestantes, musulmanes y judíos valoran con reconocimiento y respeto la marcha de Benedicto XVI. Los católicos sentimos cierto vacío. Ocurre cada vez que se va un Papa, porque es la cabeza, la referencia, el Vicario de Cristo, a veces definitorio en sus orientaciones, pero, como todo ser humano, frágil, si bien siempre confiado en Aquél que lo conforta, sea para seguir cargando sobre sus espaldas el peso de la Cristiandad, sea para, a ejemplo de Jesús en el Huerto, pedir que “aparte de sí ese cáliz”. Su mérito, en todo caso, poner por delante el cumplimiento de la voluntad de Dios; su grandeza, el proclamarlo.
La conmoción y la sorpresa siguen al súbito anuncio. Se va, tal vez, a un monasterio de clausura; ciertamente, lo ha dicho, a “servir a la Iglesia por la plegaria”. No sólo reafirma una vocación, también revela su inquebrantable confianza en el poder de la Oración ante los desvaríos y desmesuras de un mundo que percibe convulso, desconcertado y profundamente afligido ante los perversos signos materialistas, inhumanos, de estos tiempos. No en balde asentó en su última catequesis: “Dios no ve tanto la calidad de sus elegidos, como su fe”.
Quizá, uno de los momentos cumbres de su papado haya sido éste, el de su despedida, no por renunciar –que no es “abdicar”, pues el sucesor no es designado a dedo, sino que debe ser elegido por los cardenales como instrumentos del Espíritu, en una profesión de fe radicalmente trascendente – sino por lo que ella tiene de ejercicio de libertad responsable en el “cara a cara” de la comunión traducida en la soledad obediente del desprendimiento, no del aislamiento. Todo ello, por lo que significa para la renovación que asegure la continuidad en la santificación, el magisterio y la conducción, más trascendente: “Gracias de corazón y pido perdón por mis errores”. ¡ Cuán lejos del relativismo que tanto denunció en sus densos escritos!. Otra es la impronta que nos deja en este epílogo cargado de autenticidad y de enseñanzas ¡Bravo, Santo Padre!
RCL




