Reporte Católico Laico

Luces para la humanización penitenciaria

Luces para la humanización penitenciaria

En el momento actual que se vive en nuestro país, en el cual la vulneración de los derechos humanos de los privados de libertad, el desprecio por la vida, el encarcelamiento de ciudadanos por el simple hecho de manifestar posiciones contrarias a la ideología de quienes gobiernan y la permanencia en las cárceles de personas que no cuentan con sentencias firmes, entre otras ignominiosas acciones, constituyen realidades vergonzosas que nos presentan ante los ojos del mundo como un país desalmado y ajeno al mandato de Nuestro Señor Jesús, RCL les invita a leer este trabajo de profundo contenido, cuya autoría es del P. Ponc Capell Capell, Delegado Nacional de Pastoral Penitenciaria de la Conferencia Episcopal Venezolana; este trabajo ha sido tomado de su fuente directa, el semanario La Iglesia Ahora, N° 372.— RCL

Después de un tiempo en que parecía que el concepto “humanización penitenciaria” había perdido su actualidad, nuevamente vuelve a ser utilizado para referirlo a la “humanización de las estructuras penitenciarias” o del “sistema penitenciario”. No han faltado críticas que sostienen que es una contradicción “humanizar lo que es humano por esencia” y que, por lo tanto, el término no debería aplicarse a los privados de libertad, ya que implicaría que se parte de seres deshumanizados a los que habría que devolverles lo que es inherente a su ser.

La celebración de los 50 años del Concilio Vaticano II nos reta a una relectura de sus documentos en la que podemos encontrar luces para nuestro tema. La Constitución “Gaudium et Spes” nos ofrece la doctrina sobre el papel humanizador de la Iglesia en el mundo. “El gozo y la esperanza, la angustia y la tristeza de los hombres de nuestros días, sobre todo de los pobres y toda clase de afligidos, son también gozo y esperanza, tristeza y angustia de los discípulos de Cristo, y nada hay de verdaderamente humano que no tenga resonancia en su corazón” (GS 1). El punto de partida del documento muestra una Iglesia encarnada en la historia de los hombres le permite dirigirse “no sólo a los hijos de ella, y a quienes invocan el nombre de Cristo, sino, sin vacilación, a la humanidad entera…” (GS 2). Estudiados los problemas que agobian a los hombres del “mundo de hoy” (1965), el Concilio, en nombre de la comunidad eclesial universal, adopta una actitud de  sincero diálogo al servicio de la humanidad, a fin de facilitar a la familia humana “la fuerza salvadora que la Iglesia, guiada por el Espíritu Santo, recibe de su Fundador” (GS 3). Salvar a la humanidad es, según el documento, un empeño sinónimo al de “forjar la fraternidad universala la cual aspiran los hombres en virtud de la vocación que en la especie humana suscita el “germen divino” recibido de su Creador.

La vorágine de cambios globalizados, causados por los efectos que la ciencia provoca en el género humano; el reto de afrontar las consiguientes transformaciones sociales, culturales y religiosas; la cuestión sobre los límites que deben establecerse al ilimitado poder del hombre, capaz de provocar la destrucción de su propia especie y de su hábitat planetario; la desmedida capacidad de producción y de gerencia económica que crece paralela al aumento de gravísimas situaciones de miseria, analfabetismo y enfermedad; el desconcierto que suscita el actual y agudizado sentido de la libertad; la confrontación de fuerzas que se vive en el antagonismo que surge entre aquellos que perciben la imprescindible interdependencia entre los diversos grupos o bloques humanos y los que se enfrascan irracionalmente en posturas políticas, criterios económicos o ideologías tendentes a situaciones de guerra y muerte; etc. atormentan a la humanidad y cuestionan sus principios de valoración y su desarrollo histórico (GS 4). Angustiado y desorientado, el hombre se siente incapaz de hacer partícipes a todos de las ventajas y calidad de vida que produce el progreso actual, así como los legitimados derechos de igualdad de condiciones y posibilidades de participación en los ámbitos social, económico, político y cultural que satisfacen el ansía de una vida plena y libre, digna de la condición humana. A pesar de todo, se percibe una cierta disponibilidad en las naciones para forjar una “comunidad universal”, capaz de asumir “la conciencia de que le toca a él (al ser humano) dirigir rectamente las fuerzas que él mismo ha desencadenado y que pueden oprimirle o servirle” (GS 9).

Por otra parte, el hombre se percibe desequilibrado al no alcanzar a realizar una síntesis que satisfactoriamente le ordene y permita dominar, como auténtico sujeto de su historia, las nuevas nociones que surgen del progreso. La preocupación por la adecuación de sus criterios morales en sintonía con los nuevos avances  científicos e incluso filosóficos; la imposibilidad de vivir una satisfactoria contemplación de cuanto le rodea y de su propia experiencia histórica; el sentirse promovido en su educación profesional a niveles tan especializados que no le facilitan una visión global y certera de sí mismo y de su contexto existencial; y la percepción de la impotencia para resolver las discrepancias sociales, discriminaciones de género o raza, distancias entre las naciones y sectores menos capaces y más empobrecidos… lo hacen sentirse, a la vez que satisfecho de sus enormes logros, víctima de sus propias incapacidades (CfGS 8).

El ser humano, cada vez más consciente de la dignidad que le es propia, va percibiendo como inhumanas las situaciones de injustica social, explotación, hambre, sumisión de género, etc. Todo ello, unido a los conflictos y escisiones que el hombre experimenta en su misma interioridad, conduce a preguntarse sobre el significado de la propia existencia y de su actividad en el mundo (CfGS 9-10).       La Iglesia, “nuevo Pueblo de Dios”, busca iluminar estas situaciones dirigiendo “su inteligencia hacia soluciones plenamente humanas”, en cuanto que percibe que su misión es “religiosa y, por lo mismo, sumamente humana (CfGS 11). De ahí que la comunidad eclesial busque ofrecer una descripción de la “verdadera condición humana” en la que “se expliquen sus debilidades y, al mismo tiempo, se pueda reconocer rectamente su dignidad y su vocación (GS 12). La revelación divina al pueblo de Israel, heredada y llevada a su plenitud en el acontecimiento de la encarnación del Verbo, nos muestra al hombre creado “a imagen y semejanza de Dios” (Gn 1,26); capaz de conocer y amar a su Creador (CfSb 2,23); y constituido señor sobre lo creado (CfEcl 17, 3-10). Este hombre, considerado por Yahveh como “muy bueno” (Gn 1,31), abusando de su libertad, pretendió conseguir su fin por vías autónomas, prescindiendo de la luz divina (Rm 1,21-25), acontecimiento que lo dejó inclinado al mal en la profundidad de su corazón. Síntesis del universo material, su existencia compagina sus dimensiones corporal y espiritual de forma unitaria; por lo que también su cuerpo es bueno y recibe, del misterio que encarna, su misma dignidad (1Cor 6, 13-20). La naturaleza intelectual del hombre, con la que ha creado su propio progreso, no queda satisfecha por la lógica de lo fenoménico sino que, dotada para la percepción de lo trascendente y perfeccionada por la sabiduría, busca el amor, la verdad y el bien. Sediento de esta sabiduría, encuentra en su interioridad un dictado al que debe someterse por la obligación que le impone su propia dignidad. Esta conciencia, cuando no yerra por ignorancia invencible, es revelación de la voluntad divina que lo induce al amor a Dios y a los hombres (Mt 22, 37-40). La consciencia de su propia dignidad conduce al hombre, con suavidad interior, a utilizar su propia libertad para la consecución del bien, el cual descubre con el ejercicio de su inteligencia y las oportunas ayudas (CfGS 12-17).

El misterio de la enfermedad y de la muerte “tortura al hombre” no sólo por “el dolor y la progresiva disolución de su cuerpo, sino también, y mucho más por el temor de un definitivo aniquilamiento”. La Iglesia, dotada de las riquezas de la Revelación, cree y enseña que el destino del hombre sobrepasa las fronteras de su vida terrestre, cuando se une a la pasión y resurrección de Cristo, quien lo liberó de la muerte con su propia muerte (1Cor 15, 56-57). La fe, fundamentada en sólidas razones, abre al hombre a la esperanza de gozar eternamente en Dios la vida definitiva (GS 18). Sin embargo, la oferta de sentido que procede del asentimiento a la revelación no siempre es bien recibida. Hay quienes sostienen la negación de Dios en las corrientes del ateísmo, en función de salvaguardar la autonomía humana o de evitar que la orientación de la esperanza religiosa hacia la vida futura distraiga al hombre de su urgencia por la liberación económica y social (CfGS 19-20). La Iglesia, fiel a Dios y al hombre, enseña que lejos de privar la autonomía humana, el reconocimiento de  Dios fundamenta y perfecciona la dignidad del hombre, el cual recibe de su creador la inteligencia y la voluntad que le permiten el ejercicio de su libertad. Así mismo, que la esperanza del más allá, lejos de alienar al hombre, lo compromete con mayor profundidad a la transformación del mundo presente según los criterios del Reino de Dios. Por ello, lejos de sentirse alejada de las legítimas aspiraciones de la humanidad por un mundo mejor, la Iglesia se siente compañera de camino de todos los hombres, creyentes o no, y se empeña con todas las gentes de buena voluntad en la defensa de la dignidad, auténtica libertad y edificación de un mundo en el que puedan habitar, dialogar y edificar una nueva sociedad tanto aquellos que se mueven por motivaciones humanas como aquellos que fundamentan éstas en la experiencia de su fe (CfGS 21). No por ello la Iglesia deja de proclamar que Cristo, “imagen de Dios invisible(Col 1,15) es el modelo de Hombre Nuevo en el que se revela el misterio de Dios y de su amor paterno. Su encarnación lo identificó plenamente con la condición humana, con su trabajo, su inteligente reflexión, su voluntad y con su amor sentido en un corazón plenamente humano. Su compromiso hasta la libre entrega a la muerte para alcanzarnos la reconciliación con Dios y entre los hombres,  abrió un camino por el que podemos descubrir el nuevo sentido de la vida y de la muerte en su luz y en su verdad. Al entregarnos el don de su Espíritu, Cristo renueva al hombre y le permite cumplir la nueva ley del amor (CfRm 8, 23).  Esta gracia que vivifica la dignidad humana y sus ansias de un mundo mejor, obra de un modo invisible en todos los hombres de buena voluntad (CfGS 22).

Para el Concilio, no es sólo en el progreso humano donde el hombre puede perfeccionarse para un mejor diálogo fraterno, “sino más radicalmente en la comunicación de las personas, que exige de ellas recíproco respeto hacia su plena dignidad espiritual; por ello, y con la finalidad de promover la comunión humana, ofrece como doctrina cristiana y sus consecuencias para nuestros tiempos los siguientes puntos de partida:

a) El hombre tiene una vocación comunitaria: el amor a Dios y el amor al prójimo son inseparables (Cf. 1Jn 4,20; GS 24).

b) Hay una íntima interdependencia entre el desarrollo personal individual y el de la sociedad: ésta se experimenta especialmente en los vínculos familiares y con las comunidades políticas más inmediata (Cf. GS 25).

c) El progreso y el orden social deben estar orientados al bien de las personas: por ello el alimento, el vestido, la habitación, el derecho de elegir libremente un estado de vida, el derecho de fundar una familia, el derecho a la educación, al trabajo, a la buena fama, al respeto, a una debida información, derecho a obrar según la recta norma de su conciencia, derecho a la protección de su vida privada y una justa libertad incluso en el campo religioso” son requisitos para una vida dignamente humana y deben impulsarse en los proyectos de humanización que promueven el bien común, los cuales deben estar fundamentados en la verdad, la justicia y la libertad de los individuos y grupos sociales (Cf. GS 26).

d) El respeto a todos y cada uno de los seres humanos, entendidos como “otro yo” debe conducir a la atención de “sus necesidades vitales y los medios conducentes para una vida digna”, así como a experimentarse como “prójimo” de cualquier otro hombre que en situación de indigencia debe interpretarse como voz de Dios que reclama nuestra solidaridad y caridad (Cf. Mt 25,40). Por ello, todos los delitos que atenten contra la vida, como son los homicidios de cualquier género…; todo lo que viola la integridad de la persona humana, como la mutilación, las torturas corporales o las mentales, incluso los intentos de coacción espiritual; todo lo que ofende la dignidad humana, como ciertas condiciones infrahumanas de vida, las detenciones arbitrarias, la deportación… incluso ciertas condiciones ignominiosas de trabajo, en las que el obrero es tratado como un mero instrumento de ganancia y no como persona libre y responsable, todas estas y otras prácticas análogas son, en sí mismas, infamantes y mientras degradan a la civilización humana, en realidad rebajan más aún a los que así se comportan que a los que sufren la injusticia… (Cf GS 27).

e) El respeto debe mostrarse incluso a quienes se perciben con adversarios en los campos social, político, religioso… El respeto al adversario es signo de caballerosidad y expresión de la auténtica caridad que facilita el sincero diálogo. Ello no implica aceptar los errores que ofuscan la verdad, sino la aceptación incondicional de la dignidad humana que conserva todo hombre aun cuando esté equivocado (Cf. GS 28).

f) Convencidos de la igualdad esencial entre todos los hombres, aunque puedan advertirse desigualdades en las posibilidades físicas, capacidades intelectuales o sensibilidad moral, entre otras, toda clase de discriminación en los derechos fundamentales de la persona, sea discriminación social o cultural, de sexo, raza, color, condición social, lengua o religión, se han de alejar y superar, como contrarias a los divinos designios. Las alarmantes desigualdades en los económico y social entre individuos o pueblos son motivo de escándalo, contrarios a la justicia social e impedimento para la paz (GS 29).

g) Con la gracia de Dios debe anhelarse la nueva humanidad que supera las actitudes propias de la ética individualista. El hombre nuevo no puede ser indiferente al bien común por lo que debe participar, ya en instituciones públicas o privadas, en la promoción de la transformación y mejora de las condiciones de vida de sus semejantes (Cf GS 30).

h) La construcción de esta nueva humanidad conlleva un esfuerzo por facilitar,      especialmente a los jóvenes, un vasto desarrollo cultural y la adquisición de una fuerte personalidad. Los extremos en la pobreza o en la comodidad suelen conducir a actitudes egocéntricas e indiferentes a la vocación de servicio a la comunidad que Dios tiene para el hombre. Es de alabar el proceder de aquellas naciones que, en un clima de verdadera libertad, favorecen la participación del mayor número posible de ciudadanos en los asuntos públicos, sin que por ello se pierda la necesaria firmeza del poder público. Para que los ciudadanos se sientan motivados a la participación en el bien común deben ser capaces de descubrir el valor de ponerse al servicio de los demás ofreciendo a las venideras generaciones nobles razones para una vida con sentido y una esperanza fructífera (Cf GS 31).

La Iglesia, “asamblea visible y comunidad espiritual… viene a ser como el fermento y como el alma de la ciudad humana, que en Cristo se ha de renovar y transformar en la familia de Dios. La Iglesia sin perder de vista su finalidad salvífica, ofrece a todos los hombres la comunión divina que rescata y eleva la dignidad de la persona humana. De este modo contribuye a consolidar la consistencia de la sociedad humana y a facilitar el sentido y significado más profundo del ser y del quehacer del hombre. Para ello está abierta, en agradecida actitud, a las aportaciones que en este sentido han ido ofreciendo otras iglesias cristianas, y está plenamente convencida de que cada uno de los hombres o mujeres de nuestra sociedad puede aportar muchísimo a este cometido y al anuncio del Evangelio (Cf GS 40). En su anuncio de la Buena Nueva, ofrece a toda la humanidad la revelación del misterio de Dios, último fin del hombre, y le descubre, de este modo, el sentido de la existencia humana y más íntima verdad. “El que sigue a Cristo, hombre perfecto, se hace a sí mismo más hombre”. La fe en Cristo que predica la Iglesia “libra a la dignidad humana de todos los bandazos de las filosofías que, por ejemplo, refiriéndose al cuerpo humano, o lo deprimen demasiado o lo exaltan inmoderadamente”. Su mensaje “enuncia la libertad de los hijos de Dios y rechaza toda esclavitud como procedente, en última instancia del pecado (Cf Rm 8,14-17). Su doctrina consagra la dignidad de la conciencia humana y de la libertad de sus decisiones. La Iglesia se adhiere al dinamismo de nuestros tiempos por el que se promueven los Derechos Humanos, aunque los fundamenta, en última instancia en la dignidad que la persona humana recibe de su Creador (Cf GS 41).

La Iglesia no tiene propiamente una misión de orden político, económico o social, sino de naturaleza religiosa.  Pero de esta misión surgen funciones, luces y energías que pueden contribuir al bien de comunidad humana al ofrecerle los criterios de la ley divina y las obras de la caridad. “Todo lo que sea promover la unidad está de acuerdo con la íntima misión de la Iglesia, ya que ella es `en Cristo como un sacramento o un signo e instrumento de la íntima unión con Dios y la unidad de todo el género humano´” Dado que la misión eclesial no está identificada de forma exclusiva con ninguna expresión cultural particular, como tampoco a ningún sistema o partido político, económico o social, su carácter universal la puede convertir en el “vínculo más estrecho que unifique entre sí las diversas comunidades o nacionalidades”, u opciones políticas (GS 42).

Evitando caer en la incoherencia entre la realización cotidiana de del quehacer profesional y social, por una parte, y la fe y valores evangélicos, por otra, el cristiano debe, debidamente preparado para estar a la altura de la cultura de cada pueblo, promover que los criterios de la ley divina se acepten con pleno convencimiento en las normas de convivencia humana de nuestras sociedades. Para ello, buscando ser auténticos y convincentes testigos de Cristo, los cristianos deben prepararse para sostener un valioso diálogo con los hombre y mujeres o colectivos de cualquier opinión que sean. Para un buen acompañamiento, es imprescindible que “los sacerdotes, aunando su preocupación y su trabajo bajo la guía de los obispos y del Sumo Pontífice, eviten toda forma de dispersión” para que la Iglesia, como sacramento de comunión, pueda conducir a la humanidad hacia la unidad de la familia de Dios (GS 43).

El mensaje del Evangelio se ha expresado, desde el principio, en los conceptos, lenguas y símbolos propios de las diversas culturas y momentos históricos de cada pueblo. Las grandes aportaciones de la sabiduría de los filósofos, así como las expresiones de la sabiduría popular han servido en todos los tiempos para iluminar el proceso de la evangelización. Por ello, los agentes de la Nueva Evangelización deben contar con la ayuda de quienes, desde su actividad en el mundo, ofrecen conocimientos en las diversas disciplinas y se desempeñan en las múltiples instituciones, sean o no creyentes. Los logros de la evolución social humana permiten conocer con mayor plenitud el misterio de la unidad de la Iglesia en Cristo y de su misión de contribuir a una mayor comunión de la familia humana (GS 44).



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