Reporte Católico Laico



La “Gaudium et Spes”: su importancia y actualidad

La “Gaudium et Spes”: su importancia y actualidad

El viernes 11 de enero de 2013 se llevó a cabo  la Sesión conmemorativa del 50 aniversario del inicio de los trabajos del Concilio Vaticano II, en la Universidad Católica Andrés Bello, en el marco de la XCIX ASAMBLEA PLENARIA ORDINARIA de la Conferencia Episcopal Venezolana. En dicha sesión, los obispos presentaron varias ponencias referidas a los tópicos del Concilio Vaticano II, sus antecedentes y motivaciones, su trascendencia para la Iglesia y el catolicismo en general, sus logros y perspectivas actuales. En esta oportunidad, RCL ofrece a sus visitantes el trabajo expuesto por Monseñor Saúl Figueroa, Obispo de Puerto Cabello.—

El Concilio Vaticano II constituyó una respuesta de la Iglesia a su problemática  interna y al mundo  donde ella se desenvuelve. Si bien la Iglesia no estaba precisada   a   responder a una herejía,  a un cisma o una cuestión disciplinar, como en concilios anteriores,  ella tenía la necesidad de aggiornarse a sí misma y ser una respuesta válida  a los desafíos  presentes en el mundo actual.  Así lo expresó el Papa Juan XXIII  en la Constitución Apostólica Humanae Salutis: La Iglesia asiste en nuestros días a una grave crisis de  la humanidad, que traerá consigo profundas mutaciones. Un orden nuevo se está gestando, y la Iglesia tiene ante sí desafíos  inmensos, como en las épocas más trágicas de la historia. Se exige hoy a la Iglesia  que infunda a la humanidad actual el espíritu del Evangelio. La humanidad alardea de sus conquistas en el campo científico y técnico pero prescindiendo de Dios. Hay  indiferencia por lo sobrenatural. Hay un afán desordenado por los placeres terrenales. Y  hay un ateísmo militante, que ha invadido  a muchos pueblos. (Cfr. H S 4). Por ello el  Concilio fue un esfuerzo de renovación eclesial   y una respuesta a un mundo descristianizado.

En la primera sesión conciliar el Cardenal Suennens propuso dos preguntas programáticas, que enrumbaron las reflexiones ulteriores del Concilio: ¿Iglesia, qué dices de ti misma? (Ecclesia ad intra) ¿Iglesia, qué tienes que decir al mundo? (Ecclesia ad extra); la respuesta a la primera pregunta dio lugar a  la Constitución LG y a la segunda pregunta el resultado  fue la Constitución GS

Por tanto, con la GS el Concilio Vaticano II, se dirigió no sólo a los hijos de la Iglesia católica y a cuantos invocan a Cristo, sino a todos los hombres. Es la Iglesia ante el mundo con sus afanes, fracasos y victorias.

Los trabajos iniciales que propuso la GS fueron los de la familia, la cultura, la economía, la política y la solidaridad internacional. Pero pronto se vio la conveniencia de hacer una introducción doctrinal que sirviera de base para estas  cinco cuestiones particulares. Se vio que esa introducción tenía que recoger la doctrina cristiana sobre el hombre, la cual resultó tan consistente que se decidió dividir el documento en dos partes: la primera sobre la Iglesia y la vocación cristiana del hombre y la segunda las cinco cuestiones aludidas.

3. LA ANTROPOLOGÍA

Por tanto, la antropología teológica  es el hilo conductor de la  Constitución.  En efecto, expuesta la doctrina antropológica en la primera parte, mediante el método de ver juzgar y actuar (nn 4 – 45), seguirán en las cinco cuestiones aludidas (nn. 46 -90), sustentadas por  los presupuestos antropológicos de la primera parte. Y así lo vamos a exponer.

3.1. VER Situación del hombre en el mundo de hoy (nn. 4-10)

La GS se propuso «escrutar a fondo los signos de los tiempos” (GS 4), pero no con cualquier mirada, sino con una  mirada de fe que reconoce el misterio de Dios presente y operante en la historia.

En la  primera parte desarrolla una síntesis de los temas de la antropología cristiana, del modo siguiente: «es la persona del hombre la que hay que salvar. Es la sociedad humana la que hay que renovar. Es, por consiguiente, el hombre, y por cierto el hombre uno y entero, cuerpo y alma, corazón y conciencia, inteligencia y voluntad, quien centrará las explicaciones que van a seguir» (GS, n.3).

La razón de este «giro antropocéntrico» la expone en el n 3: «en nuestros días, el género humano… se formula con frecuencia preguntas angustiosas sobre la evolución presente del mundo, sobre el puesto y la misión del hombre en el universo…». Y más adelante insiste: «los desequilibrios que fatigan al mundo moderno están conectados con ese otro desequilibrio fundamental que hunde sus raíces en el corazón humano… ¿Qué es el hombre?» (n.10,1). Es decir; hoy más que nunca el hombre es cuestión para sí mismo; asistimos a una crisis de autoconciencia que los impresionantes logros científicos y técnicos  no consiguen aclarar y que pone sobre el tapete, con extrema urgencia, la pregunta sobre la identidad del hombre. A esta pregunta, prosigue el texto, se dan respuestas «muy diversas y contradictorias», que van desde  un  humanismo eufórico hasta la desesperación (n 12,2). Lo cual no debería sorprendernos, ya que  el hombre es, en efecto,  un «misterio»  que hay que esclarecer, y no un mero problema a resolver (n.10,2).

3.2. JUZGAR

3.2.1. La dignidad nn. 12 -22

Para la iluminación del misterio del hombre, la GS toma como punto de partida la definición bíblica del hombre como imagen de Dios (n 12,3), y como punto de llegada «el misterio del Verbo encarnado» (n.22). El planteamiento conciliar de la cuestión antropológica es decididamente bíblico-teológico, no filosófico, psicológico o sociológico.

La categoría «imagen de Dios» expresa la relación fundamental del hombre con Dios. Su «capacidad para conocer y amar a su creador»; de esta relación se  deriva la relación al mundo «constituido señor de la entera creación visible para gobernarla» y la “superioridad” cualitativa del ser humano respecto al resto de las criaturas (n.12,3).

En la relación a Dios radica «la razón más alta de la dignidad humana» (n 19,1). El hombre es el producto de un diálogo surgido del amor divino. Allí reside su dignidad y  su honor.  «El honor debido al creador» (n 27).

A este respecto, el lenguaje conciliar,  se hace categórico al  decir que no puede haber una  instancia que tutele más eficazmente el valor absoluto del hombre que no sea la teologal y evangélica: «no hay ley humana que pueda garantizar la dignidad  personal y la libertad del hombre con la seguridad que comunica el Evangelio de Cristo confiado a la Iglesia» (n.41,2).

También la dialéctica naturaleza-persona  resuena en el cap I de la GS.  El hombre no es una mera «partícula de la naturaleza» ni un «elemento anónimo de la ciudad humana»; por su interioridad, por ser imagen de Dios  «excede al universo entero» (n.14,2).

Por tanto, la dignidad de la persona, que viene por ser imagen de Dios, priva, sobre cualquier otro elemento.  «La dignidad de la persona humana» impone la “su superioridad sobre las cosas”,  de aquí brota la inviolabilidad de los  derechos universales del hombre.

El tema de la imagen  se amplía con el tema de la comunión. «Dios no creó al hombre en solitario. Desde el principio los hizo hombre y mujer (Gen 1,27). Esta sociedad de hombre y mujer es la expresión primera de la comunión de las personas humanas. La relación interpersonal creada será objeto del cap II de la Constitución, se reseña en el sumario inicial que ha servido de punto de partida: «El hombre es, en efecto, por su íntima naturaleza, un ser social, y no puede vivir ni desplegar sus cualidades sin relacionarse con los demás» (n.12,4).

El capítulo finaliza recogiendo el destino cristológico de toda auténtica antropología cristiana. «En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque Adán… era figura del que había de venir» (n 22,1). Es decir, la fe cristiana no cuenta con una definición abstracta de la realidad humana; lo que el hombre es,  se nos explica en la realidad concreta de Cristo, quien, siendo «imagen de Dios invisible», «es también el hombre perfecto», no ya en sentido moral, sino ontológico.

En resumen, por ser imagen de Dios, el hombre es un ser personal. Es un ser relacional con Dios. Esto es  lo primero. De aquí se origina la relación al mundo (superioridad) y la relación al tú (de igualdad). La persona tiene un valor irreductible, que priva jerárquicamente sobre cualquier otro valor. Por ello el hombre  no se  debe confundir  con la naturaleza ni disolverse  en el anonimato colectivista.

3.2.2. La comunidad humana  nn 23 -32

La GS señala que «fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres no aisladamente…, sino constituyendo un pueblo… Por ello eligió al pueblo de Israel», al que sucede la Iglesia, «el nuevo pueblo de Dios» (LG 9,1). La razón de este designio divino se encuentra en texto conciliar que hemos aludido anteriormente: «Dios no creó al hombre en solitario… El hombre es, en efecto, por su íntima naturaleza, un ser social, y no puede vivir ni desplegar sus cualidades sin relacionarse con los demás» (GS 12,4).

Estas ideas fundamentales van a ser desarrolladas en el capitulo segundo de la Gaudium et Spes, dedicado a «la comunidad humana». La estructura de este capítulo es paralela a la del capítulo primero sobre la persona. Así como la dignidad de la persona humana se hacía arrancar de su ser imagen de Dios, ahora el ser social humano se deriva de su ser imagen del Dios Trino (n.14,3). Y así como  el misterio de la persona  desemboca en el misterio del Verbo encarnado, también aquí la vida comunitaria se proyecta cristológicamente hacia «la nueva comunidad fraternal» que el Señor ha constituido y se consumará en «la familia escatológica» (n. 32,2-5).

Sociabilidad y personalidad no pueden ser entendidas como una antinomia: «la persona, por su misma naturaleza, tiene absoluta necesidad de la vida social», pero «el principio, el sujeto y el fin de todas las instituciones sociales es y debe ser la persona» (n. 25,1). «El orden social debe  subordinarse al bien de la persona  y no al contrario» (n. 26,3).

De la sociabilidad del hombre se deduce la solidaridad entre los seres humanos. Por tanto, se debe superar una ética individualista, atendiendo crecientemente a los imperativos del bien común (nn. 29-31). La observación de LG 9 sobre el papel mediador de la comunidad en la salvación individual es ratificado en el número conclusivo del capítulo: «Dios creó al hombre no para vivir aisladamente, sino para formar sociedad»; por ello, «desde el comienzo de la historia de la salvación. Dios ha elegido a los hombres no en cuanto meros individuos, sino en cuanto miembros de una determinada comunidad» (n. 32,1).  El capitulo cierra con una referencia a la dimensión escatológica de la comunidad humana a consumarse como familia amada de dios y de Cristo hermano (n. 32,5)

3.2.3. La actividad humana   33- 39

La actividad humana «considerada en sí misma, responde al propósito de Dios» (n. 34,1). Dicho principio es válido para cualquier actividad, «también para los quehaceres cotidianos»  y particularmente para el trabajo (n. 34,2). Se confirma así  el valor objetivo del trabajo, por humilde que éste sea. «Los hombres con su trabajo desarrollan la obra del Creador y contribuyen  a que se cumplan los designios de Dios en la historia» (n. 34,2). Es decir, la acción humana coopera con  la acción creadora divina; el trabajo es prolongación  de la acción creadora de Dios en el mundo.  En el n. 57,2: «el hombre con su actividad y trabajo cumple personalmente el plan mismo de Dios… de someter la tierra y perfeccionar la creación, y al mismo tiempo se perfecciona a si mismo».

Las victorias del hombre son signo de la grandeza de Dios. «El mensaje cristiano no aparta a los hombres de la edificación del mundo…, sino que, al contrario, les impone como deber el hacerlo» (n. 34,3).

Además, la GS habla del progreso del mundo, el cual debe “servir   para cultivar a la verdadera felicidad humana». Hay que evitar que el mismo se transforme en un instrumento de pecado  de la actividad humana» (n.37, 3). Para obviar este peligro, el hombre ha de aprender a «amar las cosas creadas por Dios», y a  usarlas, «en pobreza y libertad de espíritu».

Como ocurrió  en los dos capítulos anteriores, también éste contiene una referencia a la dimensión cristológica del tema (n 38). Por su encarnación, el Verbo ha recapitulado toda la realidad creada y la entera historia humana, estableciendo como «ley fundamental de la perfección humana». Por tanto, el auténtico progreso humano no es mero fruto de un dinamismo inmanente; es también efecto de la gracia. La encarnación descarta la existencia de dos historias, la profana y la sagrada, y de dos fines, el natural y el sobrenatural. Cristo es el único fin de la única historia; el Espíritu de Cristo actúa en esa única historia conduciéndola hacia su único fin. Por eso el compromiso temporal es ya «preparación del material del reino celeste» (n 38).  Con esta última observación se nos sitúa ante la cuestión con que se cierra el capítulo (n 39): la relación entre el mundo presente y el mundo futuro o, si se quiere, la dimensión escatológica de la acción y el progreso humano.

La esperanza escatológica cristiana no sólo no amortigua, sino que aviva «la preocupación de perfeccionar esta tierra», y que el progreso temporal —aunque no identificable sin más con el crecimiento del Reino— «interesa en gran medida al Reino de Dios» (n 39,2). El cristiano, pues, debiera saber conferir a la actividad humana «una finalidad pascual»

3. ACTUAR:   Misión de la Iglesia en el mundo contemporáneo  (nn 40 – 45)

Todo lo que llevamos dicho sobre la antropología: la dignidad de la persona, la comunidad humana, y el sentido profundo de la actividad del hombre, constituye el fundamento de la relación entre la Iglesia y el mundo, y también la base para el mutuo diálogo.  (cf. N n 40).

Se exponen a continuación algunos principios generales para promover acertadamente este mutuo intercambio y  ayuda entre   la Iglesia y el mundo.

3.1. Ayuda que la Iglesia procura prestar a cada hombre

41. El Evangelio enuncia y proclama la libertad de los hijos de Dios, rechaza todas las esclavitudes; respeta  la dignidad de la conciencia y su libre decisión; advierte sin cesar que todo talento humano debe redundar en servicio de Dios y bien de la humanidad

La Iglesia, en virtud del Evangelio que se le ha confiado, proclama los derechos del hombre y reconoce y estima en mucho el dinamismo de la época actual, que está promoviendo  tales derechos. Este movimiento debe estar imbuido  por el espíritu evangélico frente a cualquier apariencia de autonomía. (cf. N 41)

3.2.  Ayuda que la Iglesia procura dar a la sociedad humana

La misión que Cristo confió a su Iglesia no es de orden político, económico o social, sino religiosa. Pero de esta misión religiosa derivan luces y que pueden servir para establecer y consolidar la comunidad humana según la ley divina.

La Iglesia reconoce, además, cuanto de bueno se halla en el actual dinamismo social: sobre todo la evolución hacia la unidad, el proceso de una sana socialización civil y económica.

La Iglesia,  en virtud de  que su misión y naturaleza  no está ligada a ninguna forma particular de civilización humana ni a sistema alguno político, económico y social. Y puede constituir un vínculo estrechísimo entre las diferentes naciones y comunidades humanas, con tal que reconozcan libertad para cumplir tal misión. (cf. n 42)

3.3. Ayuda que la Iglesia, a través de sus hijos, procura prestar al dinamismo humano

El Concilio exhorta a los cristianos a cumplir con sus deberes temporales, guiados siempre por el espíritu evangélico. Se equivocan los cristianos que descuiden las tareas temporales. El divorcio entre la fe y la vida  debe ser considerado como uno de los más graves errores de nuestra época. (cf. N 43)

3.4. Ayuda que la Iglesia recibe del mundo moderno

44. La Iglesia reconoce los muchos beneficios que ha recibido del género humano.

El progreso científico que permite conocer a fondo la naturaleza humana, abre caminos para la verdad y aprovecha también a la Iglesia. La Iglesia reconoce agradecida esta realidad. Porque todo el que promueve la comunidad humana en el orden de la familia, de la cultura, de la vida económico-social, de la vida política, así nacional como internacional, proporciona no pequeña ayuda, según el plan divino, también a la comunidad eclesial, ya que ésta depende asimismo de las realidades externas. (cf. n 44)

3.5. A partir de este desarrollo de la antropología teológica, Gaudium et spes dedica párrafos la familia, la cultura, la sociedad, la política,  cuestión bastante inédita en el magisterio.

3.5.1. DIGNIDAD DEL MATRIMONIO Y DE LA FAMILIA

Los cristianos,  promuevan con diligencia los bienes del matrimonio y de la familia. Se ayudarán de los hombres  y de la competencia de las personas versadas en las ciencias sagradas.

Los científicos pueden contribuir al bien del matrimonio y de la familia si se esfuerzan por aclarar a fondo las  circunstancias favorables a la honesta ordenación de la procreación humana.

Pertenece a los sacerdotes fomentar la vocación de los esposos en la vida conyugal y familiar con distintos medios pastorales.

Los cónyuges, vivan unidos, con el mismo cariño, modo de pensar y mutua santidad, para que, habiendo seguido a Cristo, sean testigos del misterio de amor que el Señor con su muerte y resurrección reveló al mundo. (cf n 52)

 

3.5.2. Algunas obligaciones más urgentes de los cristianos respecto a la cultura

Uno de los deberes más propios de nuestra época es el de trabajar para que se reconozca en todas partes el derecho a todos a la cultura.

Es preciso que cada cual adquiera conciencia del derecho que tiene a la cultura y del deber que sobre él pesa de cultivarse a sí mismo y de ayudar a los demás. (cf n 60)

Aunque la Iglesia ha contribuido mucho al progreso de la cultura, consta, sin embargo, que por causas contingentes no siempre se ve libre de dificultades al compaginar la cultura con la educación cristiana.

Los teólogos están invitados a  comunicar la doctrina según su época; porque una cosa es el depósito mismo de la fe, y otra cosa es el modo de formularlas.  Hay que emplear en el trabajo pastoral no sólo los principios teológicos, sino también los descubrimientos de las ciencias profanas. (cf. nn 61 -62)

3.5.3. LA VIDA ECONÓMICO-SOCIAL

Los cristianos, convénzanse de que pueden contribuir  al bienestar de la humanidad y a la paz del mundo. Individual y colectivamente den ejemplo en este campo. Respeten en la acción temporal la  jerarquía de valores, con fidelidad a Cristo y a su Evangelio, a fin de que toda su vida, quede saturada con el espíritu de las bienaventuranzas. (cf. n. 72)

Es necesario un orden jurídico que establezca la división de las funciones institucionales de la autoridad política, así como la protección eficaz e independiente de los derechos. Cuiden los gobernantes de no entorpecer las asociaciones familiares, sociales o culturales, o las instituciones intermedias. Los ciudadanos, eviten atribuir a la autoridad política todo poder excesivo y no pidan al Estado  ventajas o favores excesivos, con riesgo de disminuir la responsabilidad de las personas, de las familias y de las agrupaciones sociales.

Cultiven los ciudadanos el amor a la patria, pero sin estrechez de espíritu, de suerte que miren siempre al mismo tiempo por el bien de toda la familia humana, unida por toda clase de vínculos entre las razas, pueblos y naciones.

Los cristianos deben tener conciencia de la vocación que tienen en la comunidad política; en virtud de esta vocación están obligados a dar ejemplo de sentido de responsabilidad y de servicio al bien común. Luchen contra la injusticia,  la opresión, la intolerancia y el absolutismo; conságrense, con caridad y fortaleza política, al servicio de todos. (cf. n 75)

La comunidad política y la Iglesia son independientes y autónomas, cada una en su propio terreno. Ambas, sin embargo, están al servicio de la vocación personal y social del hombre. Este servicio lo realizarán con  mayor eficacia, cuanto más sana y mejor sea la cooperación entre ellas. (cf. N 76)

3.5.4.  EL FOMENTO DE LA PAZ Y LA PROMOCIÓN DE LA COMUNIDAD DE LOS PUEBLOS

No hay que despreciar los intentos para alejar el peligro de la guerra. Hay que pedir a Dios que  dé  las fuerzas para perseverar en  ello y  construir la paz.

La actual unión del género humano exige que se establezca una mayor cooperación internacional en el orden económico. Pues la realidad es que, aunque casi todos los pueblos han alcanzado la independencia, distan mucho de inadmisibles dependencias. (cf. 82)

Cooperen los cristianos en la edificación del orden internacional con la observancia auténtica de las  libertades y la  fraternidad con todos, tanto más cuanto que la mayor parte de la humanidad sufre todavía tan grandes necesidades. (cf. 88)

La Iglesia, cuando predica, el Evangelio contribuye a la consolidación de la paz en todas partes y al establecimiento de la base firme de la convivencia fraterna entre los hombres y los pueblos, esto es, el conocimiento de la ley divina y natural. (cf. 89)

4.  SIGINFICACION DE LA ANTROPOLOGA DE LA GAUDIUM ET SPES

Se podría decir que hasta ahora hemos hecho una lectura comentada del texto de la GS. Lo hemos hecho bajo la perspectiva que el mismo texto nos ha propuesto, esto es la antropología teológica. Ahora queda la interpretación, la perspectiva, la significación que este tiene este documento para la Iglesia actual. Para la evangelización. Es decir su actualidad. Es esto, precisamente, lo que ha propiciado un acto como este. Aquí las interpretaciones son infinitas. Me voy a detener solo en dos aspectos: la dignidad de la persona y el dialogo de la Iglesia con el mundo.

4.1. Ciertamente, por una parte, el mundo actual vive una nueva configuración geopolítica que ha abierto grandes esperanzas para la cooperación internacional. La formación de nuevos bloques económicos y la creación de un nuevo tratado general de comercio, son algunos signos de este nuevo escenario.  Y, por otra parte, ha surgido también una revolución tecnológica, tanto en el campo de la bio-ingeniería,  como en el de las comunicaciones, iniciándose una nueva era de dominio de la naturaleza, de los procesos sociales y hasta de la vida humana misma, cargada de grandes posibilidades como también de amenazas sin precedentes en la historia.

Ninguno de estos cambios era predecibles en la GS. No obstante, se puede afirmar que la cuestión fundamental que la Constitución ha puesto en el tapete de su reflexión pastoral, tanto  ahora, como hace cincuenta años, es el reconocimiento y el respeto irrestricto a la dignidad de la persona humanal. Por tanto, las preguntas fundamentales, en lo que atañe al ser humano, siguen siendo esencialmente las mismas.

Los cincuenta  años que han seguido a la Gaudium et spes encuentran a un mundo con las mismas preguntas  sin resolver, pero  con un agravante adicional: el nihilismo postmodernista que  proclama  el  llamado “pensamiento débil”, la trivialización de la existencia. Para quien el trabajo  es sólo un medio para comprar, lo que ha generado  un consumo desenfrenado. La transferencia de la  tecnología a la economía, a la organización y a  la productividad del trabajo, pareciera ser que es el  es  el único criterio de valoración.

 

Ciertamente la Gaudium et spes no podía vislumbrar  este escenario. No obstante, por haberse planteado la pregunta acerca del fundamento de la dignidad humana y su proyección a las distintas esferas de la actividad social, resulta  que tiene una impresionante actualidad.  Por ejemplo, en lo que atañe al discurso sobre los derechos humanos, el nihilismo proclama sin rubor los derechos humanos, pero lo hace con un discurso vacío y retórico cuando no se considera el valor de cada ser humano particular. Es indiferente frente a los derechos de cada persona, en particular. En eso consiste, propiamente, la exaltación del “pensamiento débil”.

 

Exactamente lo contrario a este “pensamiento débil” es la afirmación de la Gaudium et spes de que, «el Hijo de Dios, por su Encarnación, se identificó en cierto modo con cada hombre: trabajó con manos de hombre, reflexionó con inteligencia de hombre, actuó con voluntad humana y amó con humano corazón» (GS nn 67).

 

La vigencia de la Gaudium et spes ante los nuevos desafíos de la época actual reside en la profundidad del fundamento antropológico de su reflexión, que salvaguarda a  La persona como el «único sujeto óntico de la cultura», en contraposición  a la subyugación de tendencias totalitarias que quisieran robarle su dignidad, su conciencia religiosa, su libertad para amar y para perseverar fielmente en ese amor. (Cfr. Pedro Morandé Court,  «Justicia y Paz», en el XXX aniversario de la promulgación de la  Gaudium et spes, Roma 1995)

4.2. El dialogo con el mundo actual

Por otro lado, consideramos que la Gaudium et Spes debe seguir siendo   un llamado para que la Iglesia  a dialogue  con  la humanidad y  su historia. Una Iglesia dialogal al servicio del mundo, ese fue el cometido del Concilio Vaticano II y concretamente  de la Gaudium et Spes. Por tanto, eso debemos continuarlo  haciendo desde todos los ámbitos eclesiales. Proponemos a continuación unas pautas que han de caracterizar este diálogo para que sea fructífero y conduzca a la consecución del bien común, en el marco de del desarrollo integral y la justicia social.

4.2.1. Diálogo que aprecia y respeta lo diferente: Ante la intolerancia, la agresividad y la eliminación del adversario hoy se nos pide el gesto de tener una actitud positiva frente al otro, reconociendo como una riqueza cultural la diversidad de posturas, opiniones y puntos de vista.

4.2.2. Diálogo que valora el pluralismo: Frente la pretensión de imponer una determinada cultura  hoy se nos pide  ser pluralistas, es decir, acoger y valorar la diversidad étnica, cultural, lingüística, política y de otra índole, como fuente de ricas potencialidades para el desarrollo.

4.2.3. Diálogo que cree en el diálogo: Frente a la violencia como forma de resolver los conflictos se nos pide el gesto de ser hombres y mujeres capaces del diálogo respetuoso de la verdad, la libertad, los derechos humanos y la democracia. Hombres y mujeres que apuestan por el diálogo y seguros de que éste es el camino de la lleva a la paz y propicia la fraternidad y la convivencia social.

4.2.4. Diálogo que valora la libertad: Frente al secuestro de la verdad y de la autonomía personal mediante la fuerza de las armas, la imposición y el control social, se nos pide tener fortaleza y decisión para vencer el miedo y ser capaces de actuar libre y responsablemente animados por el deseo de construir una sociedad donde todos quepamos.

4.2.5. Diálogo que promueve la solidaridad: Ante una mentalidad individualista y de competencia radical, que divide y excluye, el diálogo ha de partir del reconocimiento del otro como un hermano con el que es posible construir un presente y futuro mejor.

4.2.6. Diálogo que fomenta la participación de todos: En nuestras sociedades es común que unos pocos deciden por todos; el diálogo auténtico debe involucrar a todos, es decir, ser participativo para constituir, de esta forma, una sociedad verdaderamente incluyente y democrática.

4.2.7. Diálogo que promueve el respeto a la verdad: La mentira es el arma de los violentos y poderosos para ocultar y justificar las injusticias. El diálogo siempre está orientado a buscar la verdad como la fuerza de la paz para caminar en ella y colaborar en su construcción.

4.2.8. Diálogo que favorece la confianza: Frente a la desconfianza, la estigmatización y prejuicios en las relaciones sociales, es imprescindible creer en el otro, como condición básica para un diálogo fructífero que permita llegar a acuerdos en pro del bien común, desarrollo integral y la paz.

4.2.9. Diálogo abierto y acogedor: En cada persona, grupo o nación expone sus puntos de vista, pero también escucha la situación que presenta la otra parte con sinceridad, buscando entre todas las soluciones más razonables y acordes con el bien común.

5. CONCLUSIÓN:

La Gaudium et Spes nos inspira a tener una Iglesia dialogal al servicio del mundo. Esta genuina intuición evangélica del Concilio Vaticano, que supo desarrollar la Gaudium et Spes, es la que hoy nosotros cristianos del siglo XXI estamos llamados a potenciar y máxime cuando somos parte de un mundo cada vez más diverso y plural; en este contexto se trata de proponer y no imponer; servir y no dominar, para que de esta manera la Iglesia, asumiendo la misión de Jesús, esté en el mundo no para juzgarlo o condenarlo sino para amarlo y salvarlo.

 

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