Reporte Católico Laico



Entre creyente y payaso: una misión insustituible

Entre creyente y payaso: una misión insustituible

Aunque el mundo de hoy considere al creyente como un payaso soñador que vive de “fábulas”, el cristiano deberá ser consciente de que convertir lo Sacro en profano, no lo hará más inteligible sino que lo cancelará de raíz

Cierto día, el director de un circo de Dinamarca envió con premura a uno de sus payasos a avisar a la gente de la aldea vecina que las llamas estaban consumiendo el circo y que pronto llegarían al poblado y acabarían con la cosecha.

Los aldeanos, al ver al payaso que iba vestido como tal, pensaron que se trataba de una artimaña para que todos acudieran en tropel a la función, así que comenzaron a aplaudir y a reírse del extravagante emisario. Sus súplicas e intentos de persuasión no hicieron sino aumentar las carcajadas de los oyentes; creían que había desempeñado su papel de maravilla; era una broma ingeniosa.

No pasó mucho tiempo hasta que el fuego llegó a la aldea y, estrangulando todo lo que vio a su paso, se convirtió en la prueba más científica e irrefutable de que el payaso decía la verdad.

En 1968, el joven profesor Ratzinger comenzaba, con este relato tomado de Kierkegaard, uno de sus libros más famosos sobre la fe: Introducción al cristianismo. La imagen buscaba ser un reflejo de la visión del teólogo de la época, tantas veces percibido como un cómico que habla de cosas “ficticias”, es decir de la fe, para sacar un beneficio de la ingenuidad ajena.

Hoy el creyente se encuentra ante una dificultad similar al tener que hablar a un mundo que ve sus actos, sus enseñanzas y criterios más como monerías de una mente ingenua, a-científica y medieval, que como la descripción de la realidad que nos hace auténticamente humanos.

Algunos, cediendo a las presiones, han optado por quitarse el “traje” para que el mundo no los siga clasificando en el grupo de payasos. Tal es el caso de la iglesia Anglicana que, desde 1994, ha feminizado su clero hasta llegar en 2010 a ordenar más sacerdotisas que varones.

Igualmente, los episcopalianos, dando un paso más hacia la plena aceptación de las bodas homosexuales en su seno, han aprobado un servicio religioso oficial para bendecir las uniones de parejas del mismo sexo.

Con estas decisiones han comenzado a hacer del feminismo y del igualitarismo arbitrario su medida, y, al mismo tiempo que han corrido detrás del mundo, han perdido en menos de una década el 20% de sus fieles, quienes, debido a este progresismo ciego, se han dado a la fuga.

Por otra parte, los creyentes que han decidido no renegar de su fe ni de su tarea de alertar del fuego destructor de una libertad sin verdad, han tenido que comenzar a soportar no solo las burlas de los aldeanos, sino también toda una campaña de desacreditación, discriminación, difamación y, en ocasiones, linchamiento mediático; su opinión, su visión del mundo, sus advertencias y denuncias, han dejado de ser una “burla bien montada” y se han convertido en una intromisión insoportable.

Decir que algo está bien o mal, en contra de la opinión de la mayoría y del relativismo moral, ha llegado a considerarse un acto intolerable y una imposición.

Este hecho deja ver que el mundo occidental se ha dado cuenta de que los postulados humanísticos, filosóficos y teológicos del cristianismo no se pueden ignorar como un simple cuento de hadas, a pesar de los muchos intentos que se han llevado a cabo con este fin. Y esta toma de conciencia ha originado que se pase muchas veces de una indolencia superficial a una oposición en ocasiones beligerante y blasfema, camuflada en una mal entendida “libertad de expresión”.

Años después de aquel 1968, el entonces cardenal Ratzinger, refiriéndose a esta situación, decía lo siguiente: “Las polémicas contra la Iglesia no serían tan fuertes como son si no existiese en este momento un desafío real frente al escepticismo, desafío percibido como un punzón en la carne, una espina clavada que no puede simplemente ignorarse. La fuerte oposición existente hoy en algunos llega incluso a la exasperación contra la Iglesia, como ocurre en algunos casos en los medios de comunicación […] Sin embargo, esta oposición demuestra que no se puede negar la importancia del mensaje de la Iglesia, que tiene su fuerza a pesar de que no se acepte” (J. Ratzinger, Ser cristianos en la era neopagana, Planeta, Barcelona 2011, p. 68. La negrita es mía).

La contestación que organizaciones como Europa Laica han hecho al documento ‘La verdad del amor humano. Orientaciones sobre el amor conyugal, la ideología de género y la legislación familiar’, de la Conferencia Episcopal Española, es quizá uno de los ejemplos más frescos que se pueden referir.

Dicha organización, que ha descrito el documento como una intromisión sin fundamento científico y un retroceso a las libertades, parece asentar su criterio de juicio moral sobre la muchas veces ciega opinión de la mayoría, a la que se considera un “dogma” incuestionable. Con una mentalidad así, es comprensible que resulte molesta una Iglesia que recuerde con meridiana claridad que, si bien la democracia es un bien importante, no es ni será nunca el criterio correcto para establecer la moral.

Aunque el mundo de hoy considere al creyente como un payaso soñador que vive de “fábulas”, el cristiano deberá ser consciente de que convertir lo Sacro en profano no lo hará más inteligible sino que lo cancelará de raíz. El creyente sigue teniendo una misión insustituible como enviado y testigo de una realidad sobrenatural y espiritual que él mismo ha experimentado y que da el sentido y la auténtica explicación a este mundo físico de cosas inmediatas al que el hombre moderno ha llegado ha considerar como la única realidad posible.

Decía el autor de la carta a Diogneto: “[Los cristianos] son tratados con ignominia, y ellos, a cambio, devuelven honor. […] Tan importante es el puesto que Dios les ha asignado, del que no les es lícito desertar” (De la Carta a Diogneto, Cap. 5-6; Funk 1, 317-321).

Jesús David Muñoz, L.C. /FL, Julio 2012

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