Reporte Católico Laico

Sobre La Confesión

Sobre La Confesión

Luis Alberto Machado Sanz comenta sobre los Sacramentos, deteniéndose especialmente en La Confesión o Sacramento de la Reconciliación, como también se le conoce

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Antes de entrar en la Confesión como tal, vamos a hablar de lo que es un sacramento.

 

Los sacramentos son 7:

 

Bautismo

 

Confirmación

 

Confesión (hoy en día se llama también “penitencia” o “reconciliación “)

 

Eucaristía

 

Unción de los enfermos (antes se llamaba Extremaunción)

 

Orden Sacerdotal (diacono, sacerdote y obispo: el obispo tiene la plenitud del sacerdocio)

 

Matrimonio

 

El sacramento es una gracia de Dios que se da a través de un ministro. Para que el sacramento sea válido se requieren 3 elementos:

 

Ministro

 

Materia

 

Fórmula

 

En la Eucaristía el ministro es el obispo o el sacerdote, la formula es “Esto es mi Cuerpo…” y “Esto es mi Sangre…”; y la materia es el pan (trigo) y el vino.

 

Tiene que darse la conjunción de las tres; y tiene que darse tal cual está establecido; por ejemplo, tiene que ser pan, no puede ser, por ejemplo maíz; no valdría la Consagración si la hostia estuviera fuera hecha de maíz y no de trigo; o si se tratara de café y no de vino; o si el ministro fuera un diacono o un seglar…

 

Antes de seguir vamos a hacer un paréntesis:

 

No siempre el ministro es un sacerdote: en el matrimonio los ministros son los cónyuges que mutuamente se administran el sacramento; el obispo, el  sacerdote o el diacono, es un testigo calificado de que los cónyuges se casaron; en el caso del bautismo cualquier persona puede bautizar en caso de emergencia, siempre que tenga la intención de hacer lo que dice la Iglesia y que lo haga cómo dice La Iglesia; es decir, usando agua y diciendo:

 

“Yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”

 

En caso de emergencia hasta un no bautizado puede bautizar, por ejemplo un musulmán; también uno que no tenga religión alguna, o fuera ateo)

 

En la Confesión el ministro es el obispo o el sacerdote;

 

La formula es:

 

 “Yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”

 

La materia son los pecados.

 

Algo obvio salta a la mente:

 

Si no hay pecados, no hay Confesión, ya que no hay materia; tal cual si no hubiera agua en el bautismo (si no hubo agua, no hubo bautismo).

 

La Confesión se basa en la misericordia de Dios, la Sangre de Cristo fue derramada por la expiación de nuestros pecados, y como bien dice Santo Tomás de Aquino, una sola gota de su sangre puede perdonar hasta el más horrando de los pecados.

 

Jesucristo, instituyó la Confesión de la siguiente manera:

 

 

“Al anochecer del día de la resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”.

 

Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría. De nuevo les dijo Jesús: “La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”.


Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: 

 

“Reciban al Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar”

 

 (Juan 20, 19-23)

 

 

 

Es de notar que es facultativo del confesor el absolver los pecados o no, ya que el obispo o el sacerdote, si bien hace de médico, hace también de juez; ya que por ejemplo, el confesor pudiera entender que no hay propósito de enmienda; y si fuera así, no puede absolver

 

Esto nos lleva a los 5 requisitos para la Confesión:

 

Examen de conciencia

 

Dolor de corazón

 

Decir los pecados al confesor

 

Propósito de la enmienda

 

Cumplir la penitencia

 

Diremos unos breves comentarios adicionales a los 5 requisitos de la Confesión:

 

Esto no es una conclusión facilista; para nada; veamos por qué:

 

Lo primero que hay que tener en cuenta para el examen de conciencia es que hay que tener la humildad de reconocerse pecador:

 

Hay un episodio muy bello que nos ilustra muy bien al respecto:

 

“En aquel tiempo, dijo Jesús esta parábola por algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás: Dos hombres subieron al templo a orar; uno fariseo, otro publicano. El fariseo, de pie, oraba en su interior de esta manera: “¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano. Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias.


En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: “¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!” Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no. Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado” (Lucas 18, 9-14)


La confesión nos tiene que llevar a cambios; esto lo vemos en el llamadopropósito de la enmienda; si por ejemplo, un mafioso, se va a confesar de haber asesinado a alguien, el mafioso tiene que cambiar de vida; tiene que tener el propósito de no volver más nunca a asesinar a más nadie; puede que el penitente recaiga en el pecado pero eso es ya otro tema; el caso es que no hay propósito de la enmienda si por ejemplo el mafioso que se confiesa de haber asesinado a alguien tiene la intención de volver a asesinar a otra persona apenas salga del confesionario; en ese caso la Confesión no sería válida.

 

Es decir, el mafioso cuando salga del confesionario tiene que salir como un ex mafioso.

 

Por otra parte, solo hay obligación de confesar los pecados mortales, ni los veniales, ni los dudosos. Para los efectos de pecado mortal se define aquel sobre el que no hay duda: no puede haber duda de que asesinar a alguien es pecado mortal  

 

En cuanto al dolor de corazón diremos lo siguiente: 

 

Basta el dolor perfecto de corazón (contrición) por haber cometido pecado mortal para que éste automáticamente se perdone pero con la condición de confesarse en el primer momento en que eso sea posible; o si no hay contrición hay también lo que se llama dolor imperfecto (atrición); es decir, el dolor perfecto es por ejemplo decir:

 

“Me pesa Dios mío por haber pecado”

 

O cualquier otra fórmula equivalente.

 

La atrición o dolor imperfecto es tener miedo a perder el cielo; o tener miedo de ir al infierno; o sentir asco a la fealdad del pecado; es decir, no hay dolor de corazón pero por ejemplo se quiere ir al cielo pero el pecado mortal no lo permite.

 

En caso de atrición también se perdona el pecado mortal pero se necesita la confesión sacramental para que el pecado mortal se perdone; en cambio con la contrición se borra automáticamente con la condición de irse a confesar en el primer momento posible.

 

La misericordia de Dios es infinita pero hay también que arrepentirse, como bien lo dice San Agustín:

 

“Dios que te creó sin ti no te salvará sin ti”.

Y lo antes dicho, tan no es facilista, que sigamos viendo esto:

 

El Confesor manda la penitencia, pero, como bien dicen algunos, también la penitencia puede ser establecida en base a la reparación del daño; por ejemplo.

 

Si alguien se confiesa de haber robado, se le perdona el pecado, pero a la vezel confesor tiene la potestad de obligar al penitente a la restitución; eso es lo que llamamos la Penitencia; claro: en la medida que se pueda; y además si ya no hay a quien devolvérselo o la restitución pudiera traer problemas mayores, el confesor debe en consecuencia poner la penitencia de que lo robado se restituya para obras de caridad.

 

Es decir: no es una simple conclusión facilista; hay que restituir lo robado: ya estamos hablando de palabras mayores.

 

Por otra parte, la Confesión nos ayuda a recuperar la paz de conciencia que perdimos por el pecado; esto no contradice la labor de los psiquiatras y psicólogos; un penitente recibe la ayuda del sacramento de la Confesión y eso lo ayuda a manejar su culpa, pero eso no obstaculiza que reciba la ayuda de la ciencia médica a través de un buen psicólogo o un buen psiquiatra.

 

Luis Alberto Machado Sanz

Semana Santa 2012