Reporte Católico Laico



HEGEMONÍA COMUNICACIONAL

HEGEMONÍA COMUNICACIONAL

 


Ovidio Pérez Morales

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Se viene hablando desde el Gobierno con claridad y aún con desfachatez de la hegemonía comunicacional como un proyecto de primera línea de la así llamada Revolución.

No se trata de un proyecto aislado, sino de un anillo en una cadena de hegemonías en curso, en los campos económico, político y cultural.  Y cuando esto se da, no hay duda de que se trata de un plan totalitario, englobante de todo el conjunto societario.

Hegemonía quiere decir –y así se lo explica y se viene aplicando desde el campo oficial- como supremacía, control, dominio completo sobre los medios de comunicación social, de modo que formen un tejido único en manos del Estado.

La hegemonía no es un hecho todavía –y por eso se suele exhibir a conveniencia ante propios y extraños la existencia de medios libres- pero el correspondiente proyecto está en sistemática ejecución. Otra cosa es que esa hegemonías se la pueda lograr totalmente y pueda ser totalmente efectiva en nuestra sociedad, en la cual –como en todo el mundo- la comunicación social se abre caminos insospechados con las nuevas tecnología de la información.

Está en camino la hegemonía a través de diferentes vías. Ya por el zarpazo directo, como ha sido el caso de RCTV y múltiples medios radiales. Ya por vías sofisticadas como la “autocensura”, que está logrando bastantes frutos con el “silencio”, la “neutralidad” o la de facto “benevolencia” de los medios según el querer oficial. Otros modos son el halago o el retiro de la publicidad oficial, el uso discrecional de la “justicia”, así como de sanciones administrativas maquilladas de legalidad. En fin, un Estado sin división de poderes tiene en su mano multiformes instrumentos para que la hegemonía marche sin inconvenientes.

Antes de condenar esa hegemonía como contraria abiertamente a los derechos humanos y en abierta contradicción con una sociedad democrática, no está mal recordar un “detalle” sociológico e  histórico: la experiencia de un Estado hegemónico, que duró desde 1917 hasta 1989, es decir,  la bicoca de 72 años. Agregando a esto que no se trató de un Estado cualquiera, pequeño o marginal, sino de un verdadero imperio, con arsenal nuclear de respaldo y una superficie intercontinental: la URSS.

Pues bien, allí se manifestó de modo patente cómo la persona humana no es una cosa manejable fácilmente, un número dentro de una masa homogénea de seres, muy a gusto de las filosofías e ideologías materialistas, diálécticas o no, sino algo muy especial y particularmente exigente y problemático: sujeto consciente y libre, ser-para-la-comunicación y la comunión.

Lo que se acaba de decir es la razón de por qué al desarticularse el bloque soviético, como un castillo de naipes, salieron “como de la nada” (que no era “nada”) muchos “muertos”,  que no lo estaban: personas y grupos enarbolando nacionalidades, religiones, razas, alineamientos políticos e ideológicos, razones y sin razones. En fin, una policromía-diversidad cultural, que sustituyó al monótono y monstruoso sistema totalitario del gigante comunista. Esto sea dicho para mostrar que es fácil proyectar   hegemonía, pero otra cosa es hacerla asimilar por una determinada sociedad humana, que tiene resortes defensivos inimaginables.

Ahora sí cabe argumentar contra la hegemonía comunicacional y otras en cartera. ¿Qué es lo primero? ¿El Estado o la persona? ¿Quién debe estar al servicio de quien?

En una concepción humanista genuina, la persona es un fin en sí mismo y no un medio al servicio de lo que sea. No es algo, por tanto, que se puede instrumentar o manipular como si fuese una simple cosa o un subhumano.

El Estado es necesario en una sociedad histórica, aunque se actúa de modo flexible y reformulable. A este propósito resulta “curioso” lo siguiente:  el socialismo marxista plantea como horizonte definitivo la desaparición del Estado, para dar paso a la sociedad comunista, donde fluiría a chorros la abundancia de todos los bienes y con ello la felicidad suprema. Eso lo dicen quienes cuando llegan al poder lo que hacen es nutrir al Estado y engordarlo en medida totalitaria. El gigantismo y el dominio total del Estado han sido y son característica fundamental del socialismo marxista histórico.

El Estado ha de coordinar, promover, servir, a fin de que las personas y los grupos sociales puedan  desarrollarse y,  juntos, tejer el bien común.

La hegemonía comunicacional es “moralmente inaceptable”. Al igual que el proyecto político-ideológico que la propugna, mantiene, y trata de llevarla a cabo.

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